Los pobres son príncipes que tienen que reconquistar su reino.
Agustín Díaz Yanes, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.Tenía diez y seis años cuando conocí a Don Felipe. Estaba en un café, de paisano incógnito, leyendo El País y tomándose un zumo de naranja con magdalenas. Pensé que, como en un chiste que había oído hace algún tiempo, estaba deprimido, o algo así, y quería acercarse a la mundana realidad cotidiana. Pero no. Estaba tranquilo, pasaba las páginas con parsimonia, y sonreía. Parecía deleitarse con la calma del establecimiento, las risas de los asiduos, el néctar embotellado.
Así que resolví acercarme a él, sentarme con cuidado a su mesa, y le pregunté:
-Buenos días, ¿te encuentras bien?
-De maravilla. – Respondió. –
-Eres quién yo creo, Don Felipe, ¿Verdad?
-Así es.
-¿Y qué haces en un lugar como este, sin guardaespaldas, sin paparazzis atosigándote…?
-Darme cuenta de lo jodido que lo tenéis, y de lo que yo disfruto.
Acto seguido, Don Felipe se levantó, un coche con cristales ahumados aparcó en la puerta, y mientras se metía en su interior, me pareció ver cómo alzaba su dedo medio, a la par que una mueca burlona se dibujaba en su rostro. Yo, apuré los restos de su zumo, guardé una magdalena en mi bolsillo, y leí en el periódico que España volvería a ser republicana…
(Disculpen las obviedades)